Quiero escribir. Bah, necesito hacerlo; desahogarme de alguna manera. Me siento frente al teclado y no sé sobre qué escribir. O sí, se me ocurren muchas cosas...
Si elegí bien. Si nos apuramos. Cuánto te dejé llevarme. Qué va a pasar. Cuántas ganas tengo de esperar y saberlo. Cuán costoso va a ser el proceso. Si puedo enfrentarlo. Por qué, si estaba bien, no pude conmigo y necesité caos de nuevo. Lo que me das. Lo que me quitás. ¿Cuál es el saldo? Por qué estoy mal. Por qué los vericuetos del inconsciente siempre me pueden. Por qué lloro (sí, lloro). Si me mentiste. Si importa. Si somos tan distintos como decís. Por qué a veces te miro y me parecés un extraño. Por qué otras veces me pasa lo opuesto. Si tengo que hacerle caso al cuerpo. Si vas a bancártela. Si voy a bancármela. Si lo vale. Si me querés. Si te quiero.
Demasiado, ¿no?
21 de marzo de 2010
10 de marzo de 2010
Soledad
Elige. Se contiene. Respira hondo. Trata de razonar. No le sale. La ansiedad es más punzante que su ímpetu racionalista. Elige de nuevo e incluso hace planes, que aplaca con los paños fríos del análisis mental. En semejante vorágine del yo, se da cuenta de que necesita hablar con X, pero que X no es una persona a la que se pueda acudir en situaciones así... Vuelve a cero. Y empieza de nuevo. Sola, como siempre.
26 de enero de 2010
Caos y Cosmos
Érase una vez una joven damisela que vivía en un rutinario, aburrido y predecible cosmos. Si bien de a ratos le daban ganas de abandonarlo, una mezcla de cobardía y desánimo la perpetraban en él. Un día, sin embargo, conoció a alguien que, poco a poco, fue rompiendo sus arcaicos e irreales esquemas, sumergiéndola en la incertidumbre del caos. Para nuestra sorpresa, la damisela fue feliz.
Luego de esta deplorablemente cursi y ñoña parábola, sólo diré esto: =).
Luego de esta deplorablemente cursi y ñoña parábola, sólo diré esto: =).
11 de enero de 2010
My own Mr. Karma
(Si hubiera escrito este post cuando lo sentí necesario, poco más de una semana atrás, seguramente tendría otro tono. Pero bueno, los designios del destino -?- llevaron a que fuera hoy, así que veremos qué sale. Como no estoy muy inspirada y me lo quiero sacar de encima rápido para que no me siga dando vueltas, seré breve...)
Ya he descrito antes al objeto de neurosis. Sin embargo, el que inspira este post es un tipo particular que afecta a las féminas y que es un recuerdo al que ellas acuden con mayor o menor frecuencia vayaunoasaberporqué.
Ahora bien, cuando ha pasado un determinado lapso de tiempo y dicho OdN ya no es evocado voluntariamente sino que circunstancias externas remiten a él, adquiere la denominación de fantasma.
Pero cuando hace rato que no es una canción, ni un lugar, ni un tema de conversación, sino que la persona más inesperada te habla acerca de eso como "tu destino", ya no es un fantasma, es un karma.
Y yo, parece ser, soy la (¿feliz?) poseedora de uno.
Y, cabe aclararlo, es un poco molesto.
Ya he descrito antes al objeto de neurosis. Sin embargo, el que inspira este post es un tipo particular que afecta a las féminas y que es un recuerdo al que ellas acuden con mayor o menor frecuencia vayaunoasaberporqué.
Ahora bien, cuando ha pasado un determinado lapso de tiempo y dicho OdN ya no es evocado voluntariamente sino que circunstancias externas remiten a él, adquiere la denominación de fantasma.
Pero cuando hace rato que no es una canción, ni un lugar, ni un tema de conversación, sino que la persona más inesperada te habla acerca de eso como "tu destino", ya no es un fantasma, es un karma.
Y yo, parece ser, soy la (¿feliz?) poseedora de uno.
Y, cabe aclararlo, es un poco molesto.
23 de diciembre de 2009
No quiero ser Amanda.
Supongo que debido a ciertos eventos en mi historia personal, nunca sentí demasiada atracción por las Fiestas, particularmente Navidad. Como buena ovejita, he heredado la cuasi-inexistente "tradición regalera" de mi familia, y el hecho de intentar salirme de ese lugar y querer comprar regalos me resulta engorroso, frustrante y una prueba para mi temple. No importa la ocasión ni el destinatario, NO SÉ REGALAR.
No soy de esas personas que es capaz de comprarte algo tan inútil como una pluma recién rescatada de entre las cagadas secas de Plaza de Mayo y te alegra el día por lo lindo de su gesto, ni de esas que se gasta un fangote de guita y, de última, si no te gusta, vas y lo cambiás, contenta de llevarte esa cartera que mirabas de afuera con la ñata contra la vidriera y un lagrimón a punto de piantarse, ni de esas que, aunque tengas de todo, encuentra esa nimiedad que estaba haciendo falta en tu cartuchera, cartera, cocina o altar de San Expedito, y que siempre te olvidabas de comprar...
Mis regalos espontáneos son tan frecuentes como las lluvias de Atacama, y cuando sé que se avecina un cumpleaños o fecha que amerite un presente, arranco con tiempo a estudiar el asunto. Luego de muchas idas y venidas, adquiero el ítem en cuestión (de purreta, cuando no había efectivo y tenía que hacerle un regalo a mis amigas, les escribía una carta volcando todos mis problemas mentales, pero ya estoy vieja para eso y he usado todas las gomadas posibles para esas ocasiones durante la secundaria). Salgo del negocio, bolsa en mano, avasallante y orgullosa por mi hazaña, pero tres segundos después empiezo a dudar de mi regalo: "¿y si ya tiene algo así?", "¿y si justo le regalan dos? ¿cuál cambiará, el mío o el otro?", "uy, creo que alguna vez dijo que esto era una pedorrada...", "bueh, fue, si no le gusta, que lo tire a la mierda, o lo esconda... ay pero cuando vaya a la casa y no vea que lo tiene arriba de alguna repisa, juntando polvo, me voy a dar cuenta de que no le gustó, qué al pedo, tendría que haber comprado lo otro!", y bla bla bla. Dudo como emo. Capusotto un poroto.
Cuando finalmente llega a su destinatario, lo entrego temerosa, con cara de "ya sé que es una chotada, ahorrate el comentario" y yéndome en excusas que a nadie le importan, como tampoco importa demasiado si, una vez recibido, lo aceptan felices, lo cambian, lo usan de soporte para el sandwich de salame de Milán del sábado pasado, o lo archivan. Mmmm momento! Me retracto: me importa, pero ya me desligué de la responsabilidad, ahora es cosa del que lo recibió, y respiro aliviada. Al mejor estilo del Juego de la Oca, "Prueba suuuperaaada!"
En fin, lo que quería decir antes de desvariar de tal manera, es que generalmente no me gustan las Fiestas, pero este año no sé qué me pasa. Compré regalos. Quiero que lleguen, estoy ansiosa. Estoy contenta -aunque faltan años luz para que el forro del espíritu navideño me invada eh. Quiero YA estar en la mesa, brindando y yéndome a cambiar para ver a mis amigas, para festejar como todos los años. Quiero sentir eso que hay en el aire tipo 21 hs., cuando salís de bañarte y empezás a disfrutar de la víspera. Quiero hacer "chin chin" muchas veces, con la gente que lo vale. Quiero charlar con mis amigas. Quiero el olor a Chivilcoy en verano, particularmente de noche. Eso quiero.
Este cambio me recuerda a la segunda peli de Los locos Addams, cuando Merlina va al campamento y de inmediato se convierte en contraparte de Amanda, la rubia perfecta. Luego de diversos eventos y tanto trato con el mundo exterior, Merlina llega a sonreír... Así me siento. Pero avísenme antes de convertirme en Amanda, por favor.
No soy de esas personas que es capaz de comprarte algo tan inútil como una pluma recién rescatada de entre las cagadas secas de Plaza de Mayo y te alegra el día por lo lindo de su gesto, ni de esas que se gasta un fangote de guita y, de última, si no te gusta, vas y lo cambiás, contenta de llevarte esa cartera que mirabas de afuera con la ñata contra la vidriera y un lagrimón a punto de piantarse, ni de esas que, aunque tengas de todo, encuentra esa nimiedad que estaba haciendo falta en tu cartuchera, cartera, cocina o altar de San Expedito, y que siempre te olvidabas de comprar...
Mis regalos espontáneos son tan frecuentes como las lluvias de Atacama, y cuando sé que se avecina un cumpleaños o fecha que amerite un presente, arranco con tiempo a estudiar el asunto. Luego de muchas idas y venidas, adquiero el ítem en cuestión (de purreta, cuando no había efectivo y tenía que hacerle un regalo a mis amigas, les escribía una carta volcando todos mis problemas mentales, pero ya estoy vieja para eso y he usado todas las gomadas posibles para esas ocasiones durante la secundaria). Salgo del negocio, bolsa en mano, avasallante y orgullosa por mi hazaña, pero tres segundos después empiezo a dudar de mi regalo: "¿y si ya tiene algo así?", "¿y si justo le regalan dos? ¿cuál cambiará, el mío o el otro?", "uy, creo que alguna vez dijo que esto era una pedorrada...", "bueh, fue, si no le gusta, que lo tire a la mierda, o lo esconda... ay pero cuando vaya a la casa y no vea que lo tiene arriba de alguna repisa, juntando polvo, me voy a dar cuenta de que no le gustó, qué al pedo, tendría que haber comprado lo otro!", y bla bla bla. Dudo como emo. Capusotto un poroto.
Cuando finalmente llega a su destinatario, lo entrego temerosa, con cara de "ya sé que es una chotada, ahorrate el comentario" y yéndome en excusas que a nadie le importan, como tampoco importa demasiado si, una vez recibido, lo aceptan felices, lo cambian, lo usan de soporte para el sandwich de salame de Milán del sábado pasado, o lo archivan. Mmmm momento! Me retracto: me importa, pero ya me desligué de la responsabilidad, ahora es cosa del que lo recibió, y respiro aliviada. Al mejor estilo del Juego de la Oca, "Prueba suuuperaaada!"
En fin, lo que quería decir antes de desvariar de tal manera, es que generalmente no me gustan las Fiestas, pero este año no sé qué me pasa. Compré regalos. Quiero que lleguen, estoy ansiosa. Estoy contenta -aunque faltan años luz para que el forro del espíritu navideño me invada eh. Quiero YA estar en la mesa, brindando y yéndome a cambiar para ver a mis amigas, para festejar como todos los años. Quiero sentir eso que hay en el aire tipo 21 hs., cuando salís de bañarte y empezás a disfrutar de la víspera. Quiero hacer "chin chin" muchas veces, con la gente que lo vale. Quiero charlar con mis amigas. Quiero el olor a Chivilcoy en verano, particularmente de noche. Eso quiero.
Este cambio me recuerda a la segunda peli de Los locos Addams, cuando Merlina va al campamento y de inmediato se convierte en contraparte de Amanda, la rubia perfecta. Luego de diversos eventos y tanto trato con el mundo exterior, Merlina llega a sonreír... Así me siento. Pero avísenme antes de convertirme en Amanda, por favor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)